top of page

Sobre la importancia de las emociones en el aula


Todos somos conscientes de la trascendencia que tienen nuestros estados emocionales en

cada una de las acciones cotidianas que llevamos a cabo a diario.


Como filtro de todo lo que acontece a nuestro alrededor, la emoción se convierte en el

prisma con el que interpretamos nuestro entorno, nuestras interacciones interpersonales y

nuestro propio comportamiento.


¿Acaso no has percibido con optimismo, ilusión y agradecimiento, cualquier vivencia

ordinaria, cuando te encuentras en un estado de paz, serenidad y alegría? ¿No has observado el contorno de las nubes con mayor nitidez al salir de una clase de yoga? ¿No celebras con entusiasmo el color que te regala la vegetación en un día de excursión? ¿No te eriza la piel la emoción que te abruma al escuchar una determinada melodía cuando te encuentras receptivo? En conclusión, ¿no festejamos la vida en sí misma, cuando el equilibrio y la armonía son los caballos que tiran de nuestro carruaje vital?


Nuestro equilibrio emocional nos proporciona las herramientas necesarias para poner

todos nuestros sentidos al servicio de la experiencia, para saborearla y exprimirla, para tomar plena consciencia de la magia de la vida, desde la gratitud y la curiosidad. Por el contrario, cuando la ira, el miedo o la ansiedad se adueñan de nosotros, nuestros sentidos se bloquean, lo que a menudo nos conduce a distorsionar la realidad, y a engrandecer los obstáculos que aparecen en nuestro camino y los monstruos que habitan en nuestro interior, repercutiendo negativamente en nuestra autoestima, y en la percepción de nuestras capacidades y habilidades reales. Si conocemos las desventajas que implica el experimentar inquietud, preocupación, falta de concentración y angustia, a la hora de afrontar cualquier tipo de actividad, ¿cómo no extrapolarlo al ámbito de la educación?


El bienestar y el equilibrio emocional de los niños y adolescentes deberían ser la prioridad

de un maestro que se proponga llevar a cabo un proyecto educativo de calidad. Si un alumno está triste, nervioso, preocupado, irascible o temeroso, difícilmente podrá llevar a cabo las tareas que exige un aprendizaje significativo. Presentará muchas dificultades a la hora de prestar atención a sus profesores, y probablemente pueda desarrollar algún comportamiento conflictivo en el aula. A menudo, los berrinches y las conductas disruptivas, son una consecuencia natural del hecho de que el niño aún no sabe identificar ni expresar lo que siente, sea tristeza, frustación o ira. En estos casos, en lugar de enfadarnos y perder la paciencia, es conveniente hacerles saber que comprendemos que sientan una determinada emoción, y que estamos a su lado para apoyarles.


Si nos aseguramos de que todos los niños y niñas de nuestras escuelas desarrollan una adecuada capacidad de identificación, gestión y expresión de las emociones, proporcionándoles medios para que puedan afrontarlas de un modo constructivo, en aras de alcanzar un equilibrio emocional, el desarrollo de la actividad docente será mucho más sencillo y los chicos estarán más presentes, atentos a los estímulos y explicaciones, lo que se traducirá en un aprendizaje de mayor calidad. Cierra los ojos por unos instantes.


Te invito a que hagas un viaje espacio temporal, buscando entre tus recuerdos algún

contenido concreto del currículo escolar que aprendiste en tu niñez, y que evoques con nitidez. Con probabilidad, se trate de una lección que te proporcionó un profesor cercano, interesado sinceramente por el bienestar de sus alumnos, y capaz de crear un ambiente de confianza y calidez. Posiblemente este profesor fue capaz de proporcionarte el medio adecuado para explorar con interés nuevos aprendizajes, tareas y retos, desde la atención y la alegría. Los conocimientos que se adquieren en este tipo de contextos son muy difíciles de olvidar. Los profesores debemos, por tanto, invertir en una educación emocional de nuestro alumnado, centrándonos en tres principios clave:


1. Identificación, comprensión y gestión de las emociones: para ello debemos

proporcionarles un vocabulario adecuado que les permita etiquetar cada uno de los sentimientos que les embargan a cada momento. El objetivo no es que vivan en un estado perpetuo, y por otro lado, utópico, de alegría. Se trata de que comprendan que todas las emociones son útiles, y que de todas ellas podemos extraer algo positivo. Las emociones no han permitido sobrevivir como especie: sin miedo, no huiríamos de los peligros que ponen nuestra vida en riesgo; sin ira, no podríamos establecer límites en determinadas circunstancias amenazantes o frustrantes; sin tristeza, no conectaríamos con lo que hemos perdido; sin alegría, no podríamos expresar nuestra satisfacción; sin sorpresa, no podríamos poner toda nuestra atención en estímulos imprevistos.


No debemos hacerles creer que algunas emociones son malas o no deben sentirlas. Han de aprender a escucharse y a identificar dichas sensaciones. Nosotros hemos de ofrecerles herramientas para su correcta gestión y para que desarrollen conductas adaptativas y constructivas. Quizás puedan aprovechar la energía que les proporciona un enfado para realizar ejercicio físico, bailar o correr por la montaña. Que el miedo les conceda la prudencia necesaria para enfrentarse a situaciones peligrosas. Si bien, expliquémosles la frontera que existe entre un miedo saludable, y la ansiedad, responsable

de que muchas veces veamos leones donde solo hay gatitos.


Que la tristeza emerja con naturalidad y las lágrimas les liberen de la angustia y la

impotencia que les oprime el pecho. Que les permita afrontar con serenidad las pérdidas y facilite el desapego y la aceptación. Tal vez puedan utilizar esa tristeza, para que, desde la instrospección y la autorreflexión, desarrollen su potencialidad creativa, en los más variopintos ámbitos artísticos, musicales o literarios. Quizás puedan emplear la tristeza como medio para buscar el apoyo social, la amistad y la unión. Que la alegría aparezca, loca y espontánea, en los momentos más inesperados, contagiando a la multitud. Que el entusiasmo les permita embarcarse en nuevas aventuras, asumir retos, alcanzar propósitos y compartir energía positiva con los que les rodean. Que la sorpresa sea la senda que les convierta en curiosos exploradores. Que investiguen, contrasten, indaguen y experimenten en todo aquello que les llame la atención.



2. Promoción del bienestar emocional: las emociones se contagian. Es una evidencia que el estado de ánimo que presenta un profesor al entrar en el aula se contagia a todo el alumnado. Un gesto de enfado puede acabar provocando una actitud recelosa en los niños. Unas palabras de apatía y desilusión pueden ser suficientes para promover la desmotivación escolar. De la misma manera, la alegría se transmite, por ello es tan relevante que el profesor denote en su actitud, palabras y comportamiento, muestras de satisfacción, buen humor y optimismo. Generar en la clase un clima de confianza, tranquilidad y diversión, es una inversión que te asegurará una enseñanza de categoría.


Por otro lado, alentémosles a desarrollar prácticas que equilibren su estado emocional: la

práctica diaria de alguna actividad deportiva, una correcta alimentación, un adecuado descanso, el desarrollo de un hobbie o actividad que les guste tanto que les haga perder la noción del tiempo, compartir tiempo de calidad con familiares y amigos, el yoga, la meditación, el contacto con la naturaleza, la conciencia del presente.


3. Compartir las propias emociones: pero no siempre llegarás al aula con una sonrisa de

oreja a oreja, porque también los profesores tienen días malos, y se sienten tristes o enfadados. Al igual que les has enseñado a tus alumnos, no enmascares ni disimules determinadas emociones. Comparte con ellos tu estado anímico, y las razones que te han conducido a él. Siempre recordaré el día en que, hace unos años, llegué a la clase más conflictiva del colegio, con lágrimas en los ojos. Aquella misma noche había fallecido mi gato, y me sentía incapaz de disimular la tristeza y el vacío que sentía en ese momento. De modo que ese día opté por no impartir clase y explicarles el motivo de inusual actitud. Creo que ese grupo en particular, nunca me había prestado tanta atención ni se había portado tan bien. Te sorprenderás al comprobar lo gratificante que puede resultar mostrarte vulnerable y humana, promoviendo la más sincera empatía en niños y adolescentes.

No hay mejor enseñanza que el ejemplo.

3 visualizaciones0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo
bottom of page